lunes, 21 de marzo de 2011

Sesión 15: Jesús hace cosas admirables

Mientras estuvo en la Tierra Jesús hizo cosas admirables. 


Siendo el Hijo de Dios quiso enseñarnos el camino del Cielo. Vivió treinta y tres años, de los cuales la mayor parte -los primeros treinta años- fueron muy normales. Nació y vivió pobremente. Salvo el período en que vivió en Egipto, la mayor parte de su existencia transcurrió en Nazaret en donde aprendió el oficio de artesano, aprendiendo de su padre, san José. 


¿Qué cosas admirables hizo durante estos treinta primeros años de su vida? Lo más admirable de este tiempo es precisamente la naturalidad y la sencillez con la que vivió, sin hacer cosas llamativas. Siendo todopoderoso, nunca quiso hacer uso de su poder para llamar la atención o que le aplaudiesen y le admirasen, así como tampoco para su uso personal y su comodidad. 


En cambio, a partir del momento en que fue bautizado en el Jordán, Jesús comenzó a cumplir públicamente su misión de Salvador del mundo. Realmente, esta misión la comenzó a desempeñar desde el mismo momento en que comenzó a existir ya en el seno de su madre, pero ahora nos referimos a que a partir del Bautismo, Jesús se presentó al mundo como un profeta que traía al mundo el Reino de Dios.  


Este anuncio lo hizo con palabras y con obras. Hay cosas que son sobrenaturales, porque es imposible que las pueda realizar un hombre o criatura alguna. Reciben el nombre de milagros. ¿Por qué hacía milagros después de su Bautismo y, en cambio, no los realizó antes? Porque con sus milagros quería mostrar que efectivamente el Reino de Dios había llegado a los hombres, porque sólo Dios podía hacer las cosas que Él hacía: curar enfermedades incurables, expulsar a los demonios, calmar una tempestad en el mar, por poner algunos ejemplos. "Si no creés en mí, creed al menos en las obras que yo hago", les decía a los judíos incrédulos. 


Los milagros son signos de que ha llegado el Mesías prometido. En este sentido hubo dos signos muy importantes en la vida de Jesús:


El primero fue la conversión del agua en vino, en Caná de Galilea.

Tenía Jesús treinta años y había sido invitado a una boda, junto con su Madre y sus discípulos. En aquel tiempo, las bodas podían durar varios días e incluso semanas. Así que no es extraño que después de varias jornadas el vino pudiera acabarse.
Eso es lo que ocurrió en Caná. La Virgen María se dio cuenta de lo que pasaba. Fue al encuentro de su Hijo y le expuso el problema: «No tienen vino» (Jn 2, 3).


Jesús se dio cuenta de que la situación en que se encontraban los esposos de Caná era la misma en la que estaba la Humanidad alejada de Dios, bajo el poder del demonio, del pecado y de la muerte. Si el vino es signo de la comunión de Dios y los hombres, Jesús entendió que ese «no tienen vino» se refería al hecho de que era la humanidad la que se encontraba sin vino.

Y entonces hizo el milagro.

Pidió a los sirvientes que llenaran unas tinajas de agua. Y los criados la llenaron hasta los bordes. Entonces Jesús les dijo: «sacad ahora y llevadlo al maestresala». Y así lo hicieron.
El maestresala −que no sabía nada de lo que había sucedido− se dirigió al esposo y le dijo: «todos sirven primero el vino bueno, y cuando están bebidos, el peor; pero tú has guardado hasta ahora el vino bueno». ¿Qué es lo que había pasado?

Que Jesús había convertido el agua en vino. Y el vino de Jesús era muy bueno. Mucho mejor que el que los esposos habían ofrecido a sus invitados.

Jesús convirtió 600 litros de agua en el buen vino de las Bodas.

Este fue el primer signo de Jesús, el Esposo de la Humanidad. Fue una manera de decir: «Ya he llegado. El Mesías que todos estabais esperando, ha venido por fin, y aquí tenéis el signo». Los discípulos lo entendieron así. Así lo explica san Juan: «Esto es lo que, como principio de los signos, hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos» (Jn 2, 11).

El segundo signo más importante es la multiplicación de los panes y de los peces en el desierto. Jesús no podía predicar en las ciudades, porque Herodes le buscaba. Así que iba por los campos y por lugares despoblados. En una ocasión una muchedumbre de personas se acercaron al lugar donde él se encontraba para escucharle. Jesús se dio cuenta de que toda esa gente llevaba tiempo sin comer nada y entonces preguntó a los Apóstoles cómo podrían darles alimento. Ellos respondieron que no había posibilidad, porque sólo habían encontrado un muchacho que tenía cinco panes y dos peces. Entonces Jesús les mandó que se sentaran en grupos de cincuenta y, alzando los ojos al cielo, bendijo los panes y los peces y mandó a sus discípulos que los distribuyeran entre el gentío. Comieron más de cinco mil personas hasta saciarse y todavía sobró comida.

Al ver lo que Jesús había hecho, la gente quiso coronarlo como Rey, puesto que Jesús había traído pan del Cielo al igual que hizo Moisés con su pueblo. Jesús era el Mesías porque había alimentado milagrosamente a su Pueblo en el desierto. 

Fórmulas de la Fe


28. ¿Por qué llamamos Salvador a Jesús?

Llamamos Salvador a Jesús porque, enviado por Dios Padre, quita el pecado del mundo y hace de todos los hombres una sola familia.

29. ¿Qué nos enseñan los Evangelios sobre la infancia de Jesús?

Los Evangelios nos enseñan que Jesús nació en Belén y vivió en Nazaret con María y José. Junto a ellos, creció en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres.

30. ¿Qué hizo Jesús durante su vida pública?

Durante su vida pública, Jesús anunció e hizo presente la Buena Noticia de la Salvación: el Reino de Dios ya ha llegado a nosotros.

lunes, 14 de marzo de 2011

Sesión 37: celebramos la reconciliación

El sacramento con el que recibimos el perdón de los pecados ha recibido muchos nombres. Vamos a ver algunos de ellos. 


El sacramento del Perdón. Ya vimos en la anterior sesión que Jesús nos trae el perdón de Dios Padre. El pecado es ante todo una ofensa a Dios Padre. Jesús ha venido a buscar a los pecadores para llevarlos a su casa del Cielo y para que allí puedan recibir el abrazo del Padre y gozar del Banquete eterno. El sacramento del Perdón es un signo de que nuestros pecados están perdonados y de que Dios nos espera en el Cielo para celebrarlo. 


El sacramento de la Penitencia. Las ofensas a Dios merecen un castigo, puesto que no hay nada más injusto que el pecado. Dios nos ha dado todo gratuitamente y sólo hace el bien... y nosotros en cambio le ofendemos con nuestros pecados. Es justo que ofrezcamos sacrificios que manifiesten nuestro arrepentimiento y nuestros propósitos de enmienda. El sacramento de la Penitencia nos hace participar en la pasión y muerte de Cristo, de manera que son sus méritos infinitos los que nos salvan a nosotros de las penas merecidas por nuestros pecados. Es Jesús el que paga el precio de nuestro rescate con su sangre. Sin embargo, Él nos anima a participar también con nuestras penitencias, es decir, con las penalidades de la vida y más concretamente con las que que nos impone el sacerdote cuando nos confesamos. 


Imagínate que hubieras desobedecido a tus padres que te prohibían jugar en el salón de tu casa y, en consecuencia, hubieras roto un jarrón de gran valor. Tú sabes que ellos te perdonarán, si reconoces tu falta bien arrepentido. Sin embargo, no te debe de extrañar que te castiguen durante un tiempo para que ayudes con tu propio dinero a reparar el daño causado. No te hacen pagar exactamente todo, pues tú necesitarías años para cubrir ese importe. Les basta con que participes con algo de tu propio bolsillo y fruto de tu esfuerzo y del sacrificio. En el fondo, es muy de agradecer que Dios nos trate así. Es una maravilla que nos perdone la culpa de nuestros pecados y también lo es que a través del sacerdote nos imponga una penitencia para reparar los daños producidos por ellos. Eso nos hace mucho bien. El pecado, en efecto, no sólo ofende a Dios sino que también nos hace daños a nosotros mismos. La penitencia es la medicina que nos cura. Por esta razón se llama el sacramento de la Penitencia. 


El sacramento de la Reconciliación. Los pecados no sólo son una ofensa a Dios y dañan a los pecadores que los realizan sino que también producen una ofensa y un daño a los demás. Todos los pecados, incluso los que se cometen sólo con el pensamiento, son nocivos para la Humanidad e incluso para la Naturaleza. El pecado es un desorden en el mundo. Aunque Dios nos perdonara, sería necesario que alguien que representa a la Iglesia, mundo y al cosmos nos reconciliara con ellos. Eso es precisamente lo que hace el Sacerdote, con el poder de Jesucristo, nos perdona de los pecados confesados y al mismo tiempo nos reconcilia con la Iglesia, con los demás hombres y con el mundo entero. 


Hay que tener en cuenta que si una persona se confiesa, por ejemplo, de haber robado una cantidad de dinero, el sacerdote sólo le perdonará el pecado si el penitente tiene la intención de restituir el dinero robado. Las faltas contra la justicia sólo se perdonan si se restablece el desequilibrio producido. Una vez éste se ha producido, entonces el sacerdote puede reconciliar al pecador con la Iglesia y con el mundo. 


El sacramento de la Alegría. Una de las experiencias más comunes de este sacramento es el de causar una gran alegría en el penitente. No es para menos. Especialmente cuando han sido perdonados pecados graves, la Vida vuelve a brillar y la gracia de Dios corre de nuevo por las venas del alma. La puertas del cielo se abren de nuevo. En el corazón entra aire puro y limpio y ya se puede volver a respirar. En una ocasión, los discípulos volvían muy contentos después de un día de predicación del Evangelio y comentaban a Jesús que hasta los demonios se les sometían. Entonces Jesús les dijo cuál debía de ser el motivo de su alegría: "alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el libro de los cielos". 


Pero hay otra cosa más bonita todavía. El motivo más importante para estar alegres es que cada vez que un pecador se arrepiente y hace penitencia en el Cielo se ponen de fiesta. Es decir, que todos los santos y los ángeles del Cielo hacen fiesta porque un pecador se arrepiente aquí en la Tierra. ¿Y sabes por qué? Porque los que más se alegran son las tres Personas divinas. 


Los únicos que se ponen tristes son los demonios y aquellos que piensan como los demonios. Ya recordarás que en la parábola del Padre misericordioso se explica que se organizó una gran fiesta para celebrar el regreso del hijo pródigo. Todos en la casa se alegraron con el Señor de la casa, porque su hijo había regresado a casa después de mucho tiempo. Sin embargo, el hermano mayor se enfadó mucho y no quería participar en la fiesta. Entonces, el padre, con mucha paciencia y comprensión le dijo estas palabras: "hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado" (Lc 15, 32).


Fórmulas de la fe


67. ¿Quiénes presiden la Eucaristía?


La Eucaristía la presiden los obispos y los presbíteros como representantes de Cristo.


68. ¿Qué es la Unción de enfermos?


La Unción de enfermos es el Sacramento que nos fortalece en la enfermedad y ayuda a los que están en peligro de muerte, uniendo su sufrimiento al sufrimiento de Cristo. 


69. ¿Qué es el Sacramento del Orden sacerdotal?


Es el Sacramento por el que algunos bautizados son consagrados para ser ministros en la Iglesia y continuar la misión que Cristo dio a los Apóstoles. 

miércoles, 2 de marzo de 2011

Sesión 14: Jesús nos trae el Reino de Dios.

Cuando el arcángel san Gabriel anunció a María que iba a ser Madre de Jesús, le dijo que Él "se llamará Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin" (Lc 1, 32-33). Jesús es Rey. 


Sin embargo, los judíos esperaban que el Mesías fuese un rey como lo fue el rey David: un monarca que diese independencia al pueblo judío que estaba siendo dominado por el emperador romano; un soberano poderoso, que llegase a dominar a todas las naciones con su ejército invencible. 


Jesús es Rey, pero su reino no es de este mundo. Él nos trae el Reino de Dios, que viene del cielo y no pertenece a la tierra. Esto es lo que les enseñó a rezar a sus discípulos en el Padrenuestro: "venga a nosotros tu reino". Este reino no se puede conquistar por la violencia ni conseguirlo con dinero. El reino de Cristo es un regalo, una gracia: es gratuito. 


¿Y quiénes son los súbditos de este Rey, los ciudadanos de este reino? Los que se bautizan y creen en el Evangelio. 


Los fieles son los creyentes, es decir, los que han sido bautizados y tienen fe en Jesucristo. El reino de Dios está dentro de ellos. Dios habita en sus corazones mientras viven en gracia, es decir, mientras no le expulsan mediante un acto mortal. Y en ese estado de gracia son libres de las asechanzas del demonio, del miedo a la muerte y de la esclavitud del pecado. Nadie les puede vencer: porque lo más que les puede pasar es que les quiten la vida y para los creyentes el martirio es una gloria, el honor de compartir la misma muerte que Jesucristo. 

semillas de mostaza
El reino de Dios y el reino de los cielos son el mismo. Esto significa que comenzamos a vivir en la Tierra lo que tendremos durante toda la eternidad: la comunión amorosa con Dios y con los demás. Jesús no nos habla de cosas del “más allá”, porque el reino de los cielos comienza a vivirse en el momento en que se cree en Jesús. No podemos vivir aquí en la tierra como si el Cielo consistiera en una realidad muy lejana, allá al final de los tiempos. No, Jesús nos enseñó que el Reino de Dios está dentro de nosotros, ahora, y que debemos vivir con la dignidad de los hijos de Dios.


Para que entendiéramos cómo es el Reino de Dios, Jesús empleó muchas parábolas. Ahora te recordaré algunas.


El Reino de Dios es como la semilla más pequeña:


El árbol de la mostaza
"Es semejante el reino de los cielos a un grano de mostaza que toma uno y lo siembra en su campo; y con ser la más pequeña de todas las semillas, cuando ha crecido es la más grande de todas las hortalizas y llega a hacerse un árbol, de suerte que las aves del cielo vienen a anidar en sus ramas" (Mt, 13, 31-32).


¿Qué quiere decir esta parábola? Pues que la fe está dentro de nosotros como una semilla. Si la dejamos crecer será grande como un árbol. La vida cristiana está llamada a crecer en nuestro corazón, de manera que los demás se encontrarán a gusto con nosotros. Nuestra fe servirá de alimento a otras personas. 


En otra ocasión, Jesús aseguró a sus discípulos que " si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible" (Mt 17, 14-20). 


¿Qué significa eso? Que por lo general nos falta mucha fe. Que si solo tuviéramos un poquito de fe, nuestra vida se transformaría... y tendría también el poder de transformar las vidas de los demás. 


pan crujiente: del trigo sale la harina
Pues el Reino de Dios "es semejante al fermento que una mujer toma y lo pone en tres medidas de harina hasta que todo fermenta" (Mt 13, 33). Tú eres el fermento y tu familia, tus amigos, tus compañeros, son la masa de harina. Si tienes fe, tu vida será fermento en la masa. ¿Qué hace el fermento? Antes, la harina no tenía sabor ni cohesión sino fuera por la levadura o fermento: gracias a él, tenemos un pan crujiente y apetecible. Parece mentira que de los granos de trigo pueda salir algo tan rico y apetitoso como es el pan recién sacado del horno. Eso es lo que hace Jesús cuando comulgamos su Cuerpo, en la Eucaristía: es el fermento que nos transforma en rico pan para los demás. 


Fórmulas de la Fe


25. ¿Quién es la Virgen María?


La Virgen María es la Madre de Jesús y Madre nuestra, concebida sin pecado original, que está en el Cielo en cuerpo y alma.


26. ¿Por qué decimos que la Virgen María es Madre de los cristianos?


Porque la Virgen María ayuda a todos los cristianos y pide por ellos a Jesús, su Hijo.


27. ¿Por qué llamamos Maestro a Jesús?


Llamamos Maestro a Jesús, porque Él nos enseña a amar a Dios y al prójimo.

martes, 22 de febrero de 2011

Sesión 36: Jesús nos trae el perdón de Dios Padre

La noticia más bonita del Evangelio es que Dios es nuestro Padre y que nos quiere tanto que ha enviado a su Hijo para que el que crea en Él se salve. 


Y quizá la manera más bonita de contarnos esto ha sido la parábola del Padre misericordioso. 


La imagen que los antiguos judíos tenían de Dios era a la vez tierna y terrible. Dios era presentado por los profetas como un Dios que ama a su pueblo como una madre ama al hijo de sus entrañas, es decir, con infinita ternura. Pero, al mismo tiempo, eran frecuentes manifestaciones de la tremenda majestad de Dios que hablaba desde la nube y en medio de la violencia de los rayos y del estruendo de los truenos. Era muy fácil pensar que Dios estuviese enfadado y con deseos de castigar a los hombres por sus muchos pecados.


Sin embargo, Jesús nos da una imagen muy diferente de Dios. Nuestro Padre Dios no está enfadado con nosotros, sino terriblemente dolido y preocupado por nosotros. Quiere que los hombres se salven, es decir, que sean eternamente felices con Él en el Cielo, pero ve con dolor que los caminos de los hombres se alejan de Él y muchas veces conducen al precipicio. A pesar de todos sus esfuerzos para convencernos de que Él sólo busca nuestro bien y nuestra felicidad, los hombres siguen desconfiando de Dios y son muchos los que incluso prefieren negar su existencia. 

En la parábola de la que os hablaba antes, Jesús nos habla de un padre que tenía dos hijos. Se trataba de un padre muy rico, que tenía muchas posesiones y en cuyas tierra trabajaban muchos jornaleros. El hijo mayor era muy responsable. El hijo menor, en cambio, sólo pensaba en pasárselo bien. 


Al hijo menor le aburría la casa y el pueblo en el que vivía. Se pasaba el día soñando en conocer nuevos lugares y en tener muchas aventuras. Así que un día se animó a pedirle a su padre la parte de herencia que le correspondía. No hace falta que te diga que esta era una acción horrible y muy lamentable: las herencias se consiguen después de la muerte y no en vida de los padres. Era tanto como decirle: 


- Papá, como veo que no te acabas de morir y yo no quiero esperar más tiempo, dame la parte que me toca de todos tus bienes, que me quiero ir de aquí.


Uno se podría esperar que el Padre se enfadase y lo deseheredase -es decir, lo expulsara de su casa sin ningún bien ni dinero- o por lo menos que lo castigase por esa ofensa al honor paterno. Sin embargo, este padre es misericordioso y -aunque con profunda pena- le concedió a su hijo lo que le pedía. Es de imaginar que el hijo mayor, al enterarse, se habría enfadado mucho y que a partir de ese momento hubiese comenzado a odiar a su hermano pequeño.


El caso es que el hijo pequeño se llevó el dinero que le había dado su padre y se fue de casa para vivir su vida. Si la historia se hubiese contado hoy, se diría que se fue a Las Vegas, es decir, un lugar a donde la gente va para gastar el dinero de mala manera: en el juego y en los vicios. Como tenía mucho dinero, parecía que no se iba a acabar nunca, sin embargo, en esta vida todas las cosas se acaban. Al quedarse sin dinero para seguir viviendo, comenzó a buscar trabajo, pero nadie se fiaba de él. Empezó a pasarlo muy mal y a tener hambre. Alguien le dio un empleo, pero se trataba de un trabajo que era odioso para un judío: tenía que dar de comer a los cerdos. Y los cerdos son animales impuros para los judíos. Así que no podía haber caído más bajo. 


Por si fuera poco, el sueldo era tan miserable que no le daba para comer todos los días. Mientras sus cerdos eran alimentados varias veces al día, él en cambio no tenía para comer siquiera las algarrobas que entregaba a los puercos. 


¿Pensaba en su padre? No, porque era un egoísta. 


Pero un día se le ocurrió pensar que como su Padre era tan bueno, seguro que le dejaría trabajar en sus tierras como un jornalero más. Y entonces dijo para sus adentros esta frase que vale la pena memorizar:


- "Me levantaré e iré a mi padre y le diré: 'Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no soy digno de ser hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros'" (Lc 15, 18-19).


Aquí tenemos un arrepentimiento. El hijo está dispuesto a pedir perdón a su padre. Ahora se da cuenta de lo mucho que ha perdido y de que no merece nada. Por eso, no le pedirá que le deje entrar otra vez en la casa -"no es digno de ser hijo suyo"- sino que le permita trabajar en el campo para ganarse la vida. 


Se trata de un arrepentimiento imperfecto y egoísta, pues lo que le duele no es haber ofendido a su padre, sino estar pasándolo muy mal al no tener casi para vivir. 


Y aquí está la maravillosa noticia que nos trae Jesús. El padre de la parábola es misericordioso. Durante todo el tiempo que su hijo ha estado fuera, Él ha estado esperando su regreso y queriendo tener noticias de él. Si la historia hubiese sido contada en nuestros días, podríamos decir que abría todos los días el correo electrónico para ver si había algún mensaje de su hijo. Sin embargo, nunca recibió ninguno. Pero no se desmoralizaba. Todas las tarde salía al balcón, para ver si su hijo se acercaba a la casa caminando por el sendero polvoriento. 


Y una tarde cualquiera se dio cuenta de que su hijo estaba entrando por la puerta de la finca. Entonces, lleno de emoción por la alegría, el padre salió a su encuentro y le dio un fuerte abrazo:


"Cuando todavía estaba lejos, su padre, lo vio y se conmovió y, echando a correr, se le echó al cuello y le cubrió de besos" (Lc 15, 20). 


En este momento, puedes preguntar a los niños de catequesis, qué piensan que debería hacer el padre. ¿Debería castigarlo? ¿Debería darle trabajo como un jornalero más, aceptando lo que él pedía? 


La reacción de padre es sorprendente. No sólo perdona a su hijo, sino que se olvida absolutamente de todas las ofensas que ha recibido y de que no le hubiera mandado ninguna noticia suya en ese tiempo. Manda a sus criados que le lleven a la casa, que le preparen un baño, que le den ropa nueva y también nuevo calzado y que le preparen una gran fiesta. 


Así es lo que hace Dios con nosotros cuando nos acercamos a pedirle perdón en el sacramento de la Penitencia. Aunque no estemos del todo arrepentidos y haya mucho egoísmo en nuestra vidas, basta que nos arrodillemos y nos arrepintamos de esos pecados, para que el Señor nos los perdone y nos permita participar en el sacrificio de la Misa, que es la fiesta por excelencia. 


Fórmulas de la Fe


64. ¿Está Jesús realmente en la Eucaristía?


Sí, por la acción del Espíritu Santo, Jesús está realmente presente en la Eucaristía: lo que parece pan y vino es el Cuerpo y la Sangre del Señor.


65. ¿A qué nos invita el sacerdote cuando dice: "podéis ir en paz"?


El sacerdote nos envía a compartir la fe, la paz y todo lo nuestro con los hombres.


66. ¿Qué hace en nosotros la Eucaristía?


La Eucaristía nos une más a Cristo y a la Iglesia, nos fortalece en la vida cristiana y nos hace crecer en el amor al prójimo.

lunes, 21 de febrero de 2011

Sesión 13: Jesús nos anuncia el Evangelio

 Se suele decir que "las palabras se las lleva el viento", porque con mucha frecuencia los hombres mienten para conseguir sus intereses. Por eso muchos, piden a los demás que pongan las cosas por escrito, para que quede una prueba. Así sucede en muchos contratos y negocios humanos. Cuando el asunto es muy importante, se les pide a las personas que juren, es decir, que pongan a Dios por testigo de la verdad de las cosas que dicen. 

Así sucede, por ejemplo, en los juicios en donde se debe prestar testimonio bajo juramento. 

Dios no tiene este problema, porque su Palabra no es una palabra humana sino divina. Ya lo vimos en la tercer sesión -Dios nos habla: la Palabra de Dios- cuando explicamos que en Dios decir y hacer es lo mismo: "Hágase la luz" y "la luz se hizo". 

El mismo poder que tiene la Palabra de Dios al crear las cosas, vemos que lo tiene Jesús. Es totalmente lógico, pues Él es la Palabra de Dios que se ha hecho carne. Jesús es perfecto hombre y perfecto Dios. Su Palabra es palabra humana con eficacia divina, porque es la Persona divina la que la pronuncia. Esto lo veremos mejor más adelante. 

Ahora nos interesa quedarnos con esta idea: Jesús es el Enviado del Padre. Su palabra es eficaz y lo que dice se hace y se cumple. No hay nada ni nadie que pueda resistirle. Cuando un pelotón de soldados romanos fueron a buscarlo al huerto de los olivos para prenderlo, ya sabéis que Judas le traicionó con un beso en la mejilla. "Él les preguntó: - '¿A quién buscáis?'. Le contestaron: - 'A Jesús el Nazareno'. Díceles: 'Yo soy'. Cuando les dijo: 'Yo soy', retrocedieron y cayeron en tierra" (Jn 18, 4-5). Fijaos la fuerza que tiene la Palabra de aquél que es el que Es. Los soldados caen por tierra. 

Los sabios del mundo son ciegos que guían a otros ciegos
Pero, ¿cómo puede ser que la gente que oía la predicación de Jesús no se convenciera en seguida de que Él es el Hijo de Dios? ¿Cómo es posible que no le aceptaran y que acabaran traicionándolo, entregándolo a los romanos, pegándole latigazos y dándole muerte en la Cruz? Si su Palabra es tan poderosa, ¿cómo es que no logró siquiera defenderse a sí mismo?
Aquí está gran parte del misterio del mal en el mundo. De manera parecida a como no fue acogido cuando nació en Belén, porque los suyos no le recibieron, así tampoco fue recibido en Jerusalén sino que los Sumos Sacerdotes le condenaron a muerte. La Palabra de Dios es poderosa pero no quiere forzar ni obligar a nadie. La verdad se propone y no se impone. Dios no quiere esclavos ni robots que le amen por la fuerza, sino que quiere ser amado libremente. 
En Jerusalén sucedió una cosa muy extraña. Las personas que tenían más conocimiento y eran aparentemente más sabias, resulta que no reconocieron a Jesús e incluso le acusaron de muchas cosas: dijeron que estaba loco, que estaba endemoniado e incluso un hereje y un blasfemo. En cambio, los más ignorantes, la gente sencilla -pescadores, agricultores, artesanos- oyó con alegría el Evangelio de Jesús.  "Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla" (Lc 10, 2). 

Jesús es el Salvador. Quien desea ser salvado, quien se reconoce pecador y necesitado del perdón de sus pecados, fácilmente reconoce a Jesús como salvador, escucha su palabra y deja que el Evangelio le transforme. En cambio, quienes no son sencillos, quienes son cegados por la soberbia y quieren ser ellos mismos quienes se salven por sus propios méritos y acciones, éstos ya no reconocen a Jesús. Le ven pero no le reconocen. 

Por esta razón Jesús explicó quiénes son las personas más felices en la Tierra. No son aquellos que tienen dinero o riquezas, quienes son más listos o más inteligentes, quienes tienen más poder e influencia. Los bieneaventurados, es decir, los inmensamente felices son los que "lloran", los pobres en el espíritu, los perseguidos por causa de la justicia, los mansos, los limpios de corazón y los pacíficos. Deben ser felices porque de ellos es el Reino de los Cielos. Aunque sufran injusticia y todo tipo de dolores, son felices porque saben que Dios les salva.

Jesús también enseñó que el Reino de los cielos es de los niños. ¿Qué significa eso? Los niños son sencillos y nada complicados. Dicen lo que piensan y cuando tienen necesidad piden ayuda. Viven siempre en el momento. No están preocupados ni por el futuro ni por el pasado, es decir, ni por los éxitos que quieren conseguir ni por los fracasos que hayan podido sufrir. Están totalmente felices y tranquilos porque sus padres les quieren. Pues así tienen que ser los cristianos: hijos de Dios, que viven confiadamente porque Dios les ama y no deja que les suceda nada malo.

Este es el núcleo del Evangelio: que Dios ha venido a salvar lo que estaba perdido y no a condenar a los hombres. Por lo tanto, quienes son humildes y sencillos reconocen el Evangelio y quienes son soberbios y orgullosos, no. "Dios resiste a los soberbios y a los humildes da su gracia", enseñan las Escrituras.

Antes de subir al Cielo Jesús envió a sus Apóstoles a predicar el Evangelio y a bautizar a las gentes. Todos los cristianos somo apóstoles de Jesús y debemos extender el Evangelio hasta el fin del mundo. "Así como mi Padre me ha enviado, así os envío yo". Eso significa que los cristianos pueden predicar el Evangelio con mucha fuerza, porque son enviados por el mismo Jesús. 

Predicar el Evangelio es mucho más que dar una buena noticia, como hacen los periódicos o los telediarios. 

Cuando los reyes antiguos enviaban un mensajero a una ciudad para que llevara allí un mensaje, lo que allí se mandaba tenía mucho poder, porque era el rey quien estaba detrás con toda su autoridad. Así también nosotros, que somos apóstoles de Jesús, podemos hablar a los demás con palabras que vienen de Dios y que, por eso, tienen mucha fuerza y son eficaces. "Quien a vosotros recibe, a mí me recibe; quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza". 

Fórmulas de la Fe

23. ¿Abandonó Dios a los hombres después del primer pecado?

Dios no abandonó a los hombres sino que tuvo misericordia de ellos, les tendió la mano y les prometió un Salvador, Jesucristo.

24. ¿Quién es Jesucristo?

Jesucristo es el hijo de Dios hecho hombre, que nació de la Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo. Es verdadero Dios y verdadero hombre. 

martes, 15 de febrero de 2011

Sesión 35: A veces nos alejamos del amor de Dios

En las anteriores sesiones hemos estado considerando la vida de la gracia, es decir, la vida nueva que hemos recibido los cristianos en el Bautismo. Ahora, en las siguientes sesiones, deberemos mostrar una cuestión muy importante. El Bautismo nos limpió el pecado original con el que nacimos todos, pero no nos quitó la posibilidad de que nosotros cometamos pecados. 


¿Qué son los pecados?


Los pecados son ofensas voluntarias a la ley de Dios. Dicho de otra manera, hay momentos en que preferimos dejar el camino que lleva a Dios para tomar otros caminos distintos, que o bien terminan en precipicios o bien suponen un rodeo. También podríamos usar otra comparación. El pecado es una enfermedad. Como todas las enfermedades pueden ser muy graves y producir la muerte de la persona. En otros casos, la enfermedad no produce la muerte pero sí la debilidad y dolor. Así sucede con el pecado. Algunos pecados son tan graves, que reciben el nombre de "pecados mortales". Con esta palabra se quiere decir que el alma está muerta, aunque el cuerpo siga moviéndose. Expulsamos a Dios de nuestros corazones, y ya no tenemos la vida de la gracia que recibimos con el Bautismo. Y si Dios no está en nuestros corazones no es porque Él no quiera estar, sino porque nosotros le expulsamos de allí. También recibe ese nombre de pecado mortal, porque quien permanece en ese estado se condena él mismo al infierno: el infierno es el estado en que queda una persona que muere en pecado mortal. 


En otros casos, los pecados se llaman veniales porque suponen una ofensa leve a Dios. Dios sigue habitando el corazón del pecador. Es decir, la persona que comete un pecado venial sigue estando en gracia de Dios, pero el pecado "enfría" el amor y predispone a cometer otros pecados. 


Jesús es nuestro mejor amigo y también el mejor médico. Él ha venido para que los pecadores se curen de su enfermedad. Jesús nos ha enseñando que los pecados son como enfermedades:


1. El pecado nos deja ciegos. El pecador que permanece en pecado sólo piensa en su pecado. Es algo así como lo que le sucede a los borrachos, que sólo piensan en bebe alcohol. Cuando se trata de pecados graves, la persona pierde la visión y está como ciega. Jesús curó a muchos ciegos, para que recuperaran la vista.


2. El pecado nos impide mirar al cielo. Jesús curó una vez a una mujer encorvada. Tan encorvada estaba que sólo podía ver sus zapatos y el cielo le quedaba siempre a la espalda. Jesús la curó y la mujer se enderezó. Así nos sucede con el pecado. Los pecados veniales nos inclinan un poquito, sin que dejemos de ver el cielo. En cambio, el pecado mortal nos encorva totalmente y ya no somos capaces de ver a Dios. 


3. El pecado es algo muy feo, que nos hace también feos y horribles. Jesús curó a muchos leprosos. La lepra es una enfermedad que destroza la piel y la carne de la persona. Además, la lepra es muy contagiosa. Por eso los leprosos tenían que ir a vivir fuera de sus casas, fuera del pueblo o del campamento. Muchas veces, son otros amigos los que nos incitan a pecar, dándonos malas ideas o mal ejemplo. Sin embargo, Jesús curaba a los leprosos y también perdona a los pecadores, lavando su mancha. 


4. El pecado nos impide caminar con soltura por el camino que lleva al Cielo. O bien nos deja totalmente paralíticos, o bien nos produce una cojera que dificulta nuestro avance. Jesús curó también a los paralíticos. 


En los pecados mortales hay tres aspectos importantes:


1. Rompe nuestra comunión con Dios.
2. Hace daño a nuestros hermanos. Es como una manzana podrida en un cesto de manzanas sanas. Si no se quita en seguida, acabarán pudriéndose todas las demás.
3. Nuestro corazón se queda frío y endurecido. 


Fórmulas de la Fe

61. ¿Por qué los cristianos celebramos el domingo?

Porque el domingo es el día del Señor. Convocados por Dios Padre, celebramos la Eucaristía. Los cristianos no podemos vivir sin el domingo.

62. ¿Qué celebra la Iglesia en la Eucaristía?

En la Eucaristía la Iglesia celebra el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y ofrenda sacramental de su único Sacrificio en la Cruz.


63. ¿Cómo participamos los cristianos en la Eucaristía?


En la Eucaristía, los cristianos escuchamos la Palabra, damos gracias a Dios Padre y nos ofrecemos a Él con su Hijo Jesucristo. En la Comunión, recibimos a Jesús como alimento de Vida eterna que nos une a todos como hermanos.

domingo, 13 de febrero de 2011

Sesión 12: el Bautismo de Jesús

¿A qué edad bautizaron a Jesús?


Esta es una buena pregunta para introducir la sesión y explicar el sentido que tiene este Misterio tan bonito. Como habrá respuestas para todos los gustos, la siguiente pregunta que se puede hacer a los niños es por qué no le bautizaron de pequeño, como a nosotros. Conviene hacerle la pregunta a todos, aunque quizá alguno no acierte a responder de ninguna manera.


Las respuestas que tú debes de darles son éstas. Jesús estuvo esperando una señal para comenzar su misión. Estuvo en Nazaret con sus padres y a la edad de 30 años, habiendo oído que su primo Juan el Bautista estaba bautizando en el río Jordán, se fue allí para ser bautizado por Él. Se trataba de una buena noticia y Jesús interpretó que a partir de ese momento debería comenzar su misión. ¿Qué misión? La de predicar el Evangelio, es decir, dar a los hombres la buena noticia de que el Reino de Dios había llegado a ellos: quienes creen en Jesucristo están salvados.


Así que Jesús se despediría de su Madre y cerraría definitivamente el taller. A partir de ese momento se dedicaría a predicar el Evangelio.


Al llegar al Jordán encontró a Juan el Bautista. Al principio, Juan no quería bautizarlo:


- Soy quien debería ser bautizado por ti, ¿y quieres tú recibir el bautismo?


Una pregunta muy lógica. Jesús era el Hijo de Dios y no tenía ningún pecado. ¿Para qué querría lavarse en el río Jordán? Pero Jesús le dijo que obedeciera, porque así lo había establecido Dios.


Jesús sabía que el río Jordán había sido durante muchos años el límite del desierto. Mientras el Pueblo de Israel daba vueltas y vueltas durante cuarenta años, era el Jordán lo que les separaba de la Tierra Prometida. Cuando murió Moisés, Dios escogió a Josué y le dio la orden de atravesar el río Jordán. Esto lo vimos ya en la segunda sesión -somos una gran familia-. Ahora, el Jordán significaba la muerte, que es la barrera que nos separa del cielo. Al bautizarse en el río Jordán, Jesús nos enseñaba que el Bautismo es el camino para vencer la muerte y el pecado y abrirnos para siempre las puertas del Cielo.


Jesús, además, se puso en la fila de los pecadores que estaban siendo bautizados por Juan Bautista. Quiso ser uno más. Así nos enseñaba que no ha venido a condenar a nadie, sino a salvar a los pecadores. Quien reciba el Bautismo cristiano participará de la Muerte y de la Resurrección de Jesús. ¿Por qué?


Porque los seguidores de Jesús recibimos el Espíritu Santo, como se ve en esta imagen de los primeros cristianos en el día de Pentecostés. Sobre cada uno de ellos se posó una lengua de fuego. El artista pinta esas lenguas de fuego como salidas de la Paloma, que representa al Espíritu Santo. 


Porque Jesús ha querido que el Bautismo cristiano sea parecido al bautismo con que fue bautizado por Juan. El Bautismo cristiano se hace en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.



  1. En el nombre del Padre. Jesús es de pie, en medio del río, a punto de sumergirse. (vida de pecado)
  2. En el nombre del Hijo. Jesús está sumergido unos momentos dentro del agua. Eso significa la muerte de Jesús, porque dentro del agua no se puede respirar y sin respirar no se puede vivir. (Morir al pecado, participando de la Muerte de Cristo)
  3. En el nombre del Espíritu Santo. Jesús sale del agua. En ese momento desciende sobre Él el Espíritu Santo en forma de paloma y se oye la voz del Padre que decía: "Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto". (Renacer de nuevo a la Vida de la gracia, participando de la Resurrección de Jesús).

Esto lo puedes escenificar, tomando a uno de los niños, situándolo junto a ti, poniéndole  la mano sobre la cabeza y representando que le hundes en un río imaginario... Lo mantienes un ratito sumergido. Los demás niños se pueden hacer una idea de que eso significa la muerte... por ahogo. Después, le dejas salir, emergiendo imaginariamente del agua. Después explicas que eso sucede en todos los bautizos cristianos: antes de ser sumergidos en el agua, éramos pecadores, enemigos de Dios. Pero, después del bautismo, participamos de la muerte y resurrección de Cristo. Nacemos a una nueva vida. Ahora ya somos hijos de Dios y debemos de comportarnos como tales. 


Sin embargo, el modo como se realizan los Bautismos ahora es algo diferente. Ya no sumergimos al niño en un río o en una piscina, sino que lo acercamos al baptisterio en donde hay una pila bautismal. El sacerdote, con una concha o recipiente semejante, derrama tres veces agua sobre la cabeza del niño... mientras dice las palabras del sacramento: Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Mediante estos gestos rituales se significa el lavado espiritual en que consiste el Bautismo. 


El agua del Bautismo lava el alma de toda mancha de pecado: del pecado original con el que todos nacemos y de los pecados personales que haya cometido el bautizando. Si se trata de un niño pequeño, lógicamente se le perdona el pecado original. Pero hay ocasiones en los que quienes se bautizan son personas mayores y en esos casos quedan perdonados todos sus pecados. 


Antes del Bautismo, la persona no es grata a Dios, es decir, vive en el pecado original que le inclina a cometer otros pecados. En cambio, al recibir las aguas bautismales está ya en gracia de Dios, es decir, las tres Personas de la Santísima Trinidad viven en su corazón... y allí permanecen mientras no se las expulse mediante el pecado mortal. Siendo ya un hijo de Dios, las cosas que hacemos le son gratas, es decir, le gustan. Algo así como cuando un padre ve con alegría las cosas que hace su hijito pequeño. Así nos mira Dios a nosotros, como un Padre a su hijo.


Fórmulas de la Fe


20. ¿Cuál fue el pecado de Adán y de Eva?


Adán y Eva, nuestros primeros padres, tentados por el diablo, quisieron ser como Dios y lo desobedecieron.


21. ¿Qué consecuencias tuvo este primer pecado?


Adán y Eva, al pecar, rompieron su amistad con Dios y, como consecuencia, perdieron la gracia de la santidad, la paz con los hombres y la armonía con la Creación.


22. ¿Qué es el pecado original?


El pecado original es la condición de alejamiento de Dios en la que nacemos, como consecuencia del pecado de nuestros primeros padres. Por eso necesitamos la salvación de Dios.